“El problema con los árbitros es que conocen las reglas, pero no conocen el juego.” – William Shankly

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Son varias las veces que me he encontrado con árbitros que no saben nada de darle flujo a un juego de futbol. En lugar de esperar a ver como sigue una jugada, silban y detienen el partido al menor roce entre dos jugadores. Peores son los que se hacer parte del juego al hacer una llamada polémica, expulsar a un jugador sin necesidad (cuando una simple advertencia es suficiente), o de plano se ausentan del juego y no silban ni dicen nada. O participan demasiado o no participan nada, y en ambas situaciones le hacen daño al juego y al deporte.

¿Que mi corbata no va con el traje? ¡Arbitro ciego!

Lo mismo veo en algunos padres de familia. O se la pasan solapando a sus hijos sin dejarlos participar libremente en la vida, o no hacen pesar su autoridad. En la primera situación, los resultados muchas veces se ven en los hijos que no saben nada de la vida, no saben cómo relacionarse con otras personas, y rara vez se alejan de la casa. Son los niños y niñas que se ahogan en un libro y tienen solo un manojo de amigos y amigas. Estos mismos son los que no hacen relaciones solidas con otras personas sin la aprobación de sus padres.

Uy, que miedo… Mira como estoy temblando.

En el segundo caso, los resultados se ven en los hijos e hijas que no siguen las reglas. Estos son los sociópatas que no respetan el límite de velocidad, no pagan a tiempo sus deudas, o, en el peor de los casos, no respetan ni el derecho ni la vida de los demás. Esos son los que si dan miedo porque nunca tuvieron un padre o una madre presente como símbolo de autoridad, como guía, y acaban siendo “lacras”, personas que no siguen las reglas de cómo vivir y dejar vivir. Casi igual que los jugadores que dan patadas cuando ven que el árbitro no va a sacar las tarjetas.

¡Cuidado! ¡Viene con los tacos por delante!

Pero, ¿como balancear el estar siempre presente y no? No es respuesta fácil. Recuerdo los días cuando no podía ir a una fiesta o una reunión escolar sin la presencia de mi madre o mi padre. Me daba miedo. Pero, poco a poco, aprendieron a dejarme (casi forzarme) a ir solo. Pronto llego el momento en que yo solito podía ir a cualquier lado, incluso un viaje transcontinental de aventón en un tráiler. También recuerdo cuando mi madre o mi padre se ocuparon de otras cosas y se olvidaron, por un momento u otro, de mi.

Seguro sus padres tenian algo mas importante que hacer.

Hoy creo, y mi psicólogo está de acuerdo, que me ajuste bien a la vida. Tengo un trabajo importante, seguro, y productivo. No rompo la ley, con la excepción de ir más rápido que el límite de velocidad y a veces pasarme un alto. Le tengo compasión a los pobres y malaventurados. Tengo una esposa que me ama y un par de gatos que me toleran. Aun con todos estos beneficios, el cuidado y la educación que me dieron mis padres no fue óptima, pero no fue mala. Supieron cuando cuidarme y cuando no. Supieron cuando pitar el silbato y cuando no… Y eso que nadie nunca les dijo como, cuando, y porque. Nadie les instruyó como jugar el juego de ser padres.

Diez de ellos pasaron el curso de padres de puro panzaso.

Pero la falta de padres “buenos” no es excusa para no conocer del bien y del mal. Hay muchos criminales que quieren defenderse con excusas sobre sus padres. Se dicen abandonados y menospreciados. Pero no usan esa falta de padres para inspirarse a ser mejores que sus padres. No, al contrario. Usan eso que les falto de niños para desquitarse del mundo como adultos. O, en el otro extremo, usan la sobreprotección que les dieron sus padres para no respetar las reglas y las leyes. Dicen que nunca aprendieron a ser responsables… Pero saben bien lo que son la responsabilidad y la irresponsabilidad.

Estos prisioneros son unos santos, segun ellos.

En una película de ciencia ficción, un maestro platicaba con sus alumnos. En esa platica, se revelo que los alumnos llegaron al cuidado del maestro no por diseño o por algún plan. El maestro les revelo que llegaron a el por un mero accidente. Ante la noticia, uno de los estudiantes de disgusto y cuestiono el porqué de un accidente así. ¿Qué no había más? Muy sabiamente, el maestro les dijo que no confundieran sus orígenes con su valor actual. Es decir, no porque nuestros padres fallaron quiere decir que nosotros estamos predestinados a fallar. Nada está escrito en piedra… Nada está predestinado.

Lo admito: hay dos o tres cosas escritas en piedra.

No porque el árbitro este ciego, tonto, o sordomudo quiere decir que no habrá goles.

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